“No basta con echarle ganas”: Cuerpos que gritan y sistemas que no cuidan
No es que no puedas, es que te están pidiendo demasiado.
Vivimos en un mundo que exige productividad incluso del dolor. Que espera estabilidad emocional en contextos de precariedad, violencia y abandono institucional. En ese escenario, la ansiedad, el agotamiento extremo y el consumo de sustancias no aparecen por casualidad: son respuestas humanas a sistemas que no cuidan.
Esta es una invitación a pensar el acompañamiento emocional más allá del discurso. Y también, a recordarte con suavidad que puedes empezar a sanar desde lo pequeño, lo corporal, lo cotidiano. A veces no basta con hablar; a veces basta hacer algo con amor, aunque sea mínimo. Buscamos algo más honesto: nombrar el contexto, devolverle sentido al malestar y recordar que no estamos rotxs. Estamos respondiendo con el cuerpo a lo que el sistema no quiere escuchar.
Cuerpos que hablan cuando ya no pueden más
Hay un momento en que el cuerpo deja de susurrar. Ya no manda señales suaves, ni avisos discretos. Empieza a hablar fuerte, a veces con ansiedad, a veces con insomnio, a veces con cansancio que no se quita durmiendo. Otras veces, con consumo.
No es debilidad.
No es falta de carácter.
Es el cuerpo diciendo hasta aquí.
Vivimos en sistemas que exigen rendimiento constante, disponibilidad emocional infinita y adaptación permanente a la precariedad. Cuando no hay descanso, cuando no hay red, cuando no hay escucha, el cuerpo busca cómo sostenerse. A veces lo hace enfermándose. A veces desconectándose. A veces usando sustancias para seguir funcionando, para apagar el ruido, para sobrevivir otro día.
En ZONA CERO CDMX partimos de una idea incómoda pero necesaria: el malestar no nace en el vacío. La ansiedad, la depresión, el consumo problemático y el agotamiento crónico no son fallas individuales, son respuestas corporales a contextos que duelen.
La reducción de daños entiende esto con claridad. No pregunta primero por qué no puedes, sino qué necesitas para que no te hagas más daño. No exige pureza, exige cuidado. No castiga al cuerpo por gritar; intenta escucharlo antes de que colapse.
Cuando un cuerpo consume, no siempre está buscando placer. Muchas veces está buscando regulación, alivio, silencio, una pausa que el entorno no permite. Nombrar eso no romantiza el consumo: lo vuelve comprensible, humano, abordable sin violencia.
Escuchar a los cuerpos que ya no pueden más es también un acto político. Significa dejar de culpar a las personas por enfermar en sistemas que enferman. Significa mover la pregunta de qué te pasa a qué te pasó y qué te sigue pasando.
Porque los cuerpos hablan.
Y cuando gritan, no es para llamar la atención.
Es porque nadie escuchó cuando aún podían hablar bajito.
Sistemas que no cuidan: cuando el abandono también enferma
Hay una mentira que se repite con insistencia: que el malestar es individual.
Que si estás cansadx, ansiosx o al borde, es porque no supiste organizarte, respirar mejor o echarle suficientes ganas.
Pero los cuerpos no se quiebran solos.
Los sistemas que no cuidan son aquellos que fallan de forma estructural: presupuestos mínimos, recursos insuficientes, atención tardía y modelos que aíslan en lugar de acompañar. A nivel mundial, menos del 2 % del presupuesto de salud se destina a salud mental. En México, ese número apenas alcanza el 2 % del gasto federal, y de ahí, casi todo se va a hospitales psiquiátricos, dejando a la prevención y a la atención comunitaria prácticamente sin oxígeno.
El resultado no es abstracto: el 85 % de las personas con padecimientos mentales no recibe atención. Quienes sí la reciben, suelen tardar más de una década en llegar a un diagnóstico.
Mientras tanto, los entornos laborales exigen jornadas interminables, normalizan el agotamiento y castigan la pausa. México es uno de los países donde más se trabaja y menos se descansa. El burnout no es una moda: es un síntoma colectivo.
A esto se suma el estigma. En hospitales, escuelas, trabajos y cárceles, la salud mental sigue siendo tratada como un problema secundario, incómodo o invisible. No cuidar también es una forma de violencia. Y cuando el sistema falla, los cuerpos pagan el precio.
El mito del “ÉCHALE GANAS”: cuando la voluntad no alcanza
Decirle a alguien con depresión o ansiedad que “le eche ganas” no es motivación.
Es desconocimiento.
Los trastornos mentales tienen una base biológica, química y neurológica. No se resuelven con pensamiento positivo, del mismo modo que la diabetes no se regula con actitud. Insistir en la fuerza de voluntad como solución única no solo es falso: es peligroso.
Este mito sostiene el estigma. Hace que las personas se culpen por no mejorar. Retrasa la búsqueda de ayuda. Normaliza el sufrimiento crónico. En México, muchas personas viven años con angustia intensa antes de recibir atención profesional, porque aprendieron que pedir ayuda es “exagerar” o “fallar”.
No es falta de ganas. Es falta de acceso, de información, de cuidado real.
Cuando cuidarse solx no alcanza: el cuidado como acto colectivo
La salud mental no se sostiene únicamente con rutinas personales. Se sostiene con condiciones.
La pobreza, la violencia, la desigualdad, la precariedad laboral y el aislamiento no se resuelven con meditación ni con agendas bonitas. Son determinantes sociales que requieren respuestas colectivas.
Por eso, el cuidado comunitario no es un complemento: es una necesidad. Integrar la salud mental a la atención primaria, fortalecer redes barriales, grupos de apoyo entre pares y acompañamiento familiar salva vidas. No porque la familia lo cure todo, sino porque nadie debería atravesar el dolor en soledad.
En el trabajo, el cuidado también es responsabilidad compartida. No basta con resiliencia individual cuando los entornos enferman. Capacitar, reducir estigmas, respetar descansos y crear culturas de apoyo no es un lujo: es prevención.
Cuidarnos entre varias personas es una forma de resistencia frente a sistemas que nos quieren funcionales, pero no vivxs.
Sanar también es hacer... incluso cuando no sabes cómo
Nadie se sostiene solo. La salud mental no es un proyecto individual: es una construcción colectiva, no es un estado fijo. Es un proceso. Y a veces, el primer paso no es entenderlo todo, sino hacer algo pequeño.
- Acompañar sin exigir explicaciones.
- Compartir información clara y sin miedo.
- Respetar los tiempos y decisiones de cada persona.
- Reconocer que descansar también es resistencia.
También hay acciones cotidianas que sostienen: dormir, comer, moverse, reducir el consumo que empeora los síntomas, volver poco a poco a lo que antes daba placer. No como obligación, sino como cuidado. A veces cuidar es quedarse. A veces es llevar agua. A veces es poner un límite. No todo se resuelve hablando, pero nadie debería atravesar el dolor en soledad.
Y hay un “hacer” que es profundamente colectivo: no aislarse. Mantener vínculos, buscar apoyo entre pares, compartir el proceso con otrxs que entienden desde la experiencia. No hace falta ver el final del camino. A veces, basta con dar el primer paso sin saber bien hacia dónde.
Buscar ayuda profesional no es rendirse: es empezar. Acudir a un centro de salud, hablar con unx médicx, contactar a unx psicólogx o psiquiatra puede dar nombre a lo que duele y abrir un camino. En México, existen recursos gratuitos como la Línea de la Vida (800 911 2000) para momentos de crisis.
Acompañar también canza: cuidarse es parte del cuidado
Estás en un avión, a punto de despegar. Las instrucciones de siempre suenan por los altavoces: “En caso de emergencia, colóquese primero su mascarilla de oxígeno antes de ayudar a alguien más”. Parece simple, pero encierra una verdad grande: no puedes sostener a otros si no estás respirando tú.
Acompañar a alguien con problemas de salud mental no es solo escuchar. Ya sea una amiga, un familiar, una pareja no es algo menor. Requiere presencia, energía, contención, y también mucho de eso que no siempre sabemos nombrar: frustración, cansancio, culpa, miedo.
Ayudar a que la persona no se aísle, alentar la búsqueda de atención profesional, acompañar citas, estar disponible emocionalmente… todo eso tiene un costo. Quien cuida también se expone al agotamiento, al miedo y al estigma. Es un tema serio, real, y tan válido como cualquier otra enfermedad. Es distinto, pero duele igual. Y tú, que acompañas, también necesitas espacios para llorar, hablar, parar.
Por eso, cuidarte no es egoísmo. Es lo que permite que el acompañamiento sea sostenible. Dormir, comer, poner límites, buscar tu propia red de apoyo y psicoeducarte también es parte del proceso.
No hay salud sin salud mental. Y eso incluye a quien acompaña.
ZONA CERO CDMX
Para cerrar los ojos y respirar tantito
A ti que cuidas, gracias.
A ti que acompañas desde el amor, aunque estés cansado.
A ti que cargas más de lo que cuentas, que sostienes sin pedir nada.
Y también a ti, que estás atravesando una tormenta emocional, que no encuentras palabras pero sientes todo.
Este espacio es para recordarte que no estás solx.
Que pedir ayuda no es rendirse, es un acto de valentía.
Que acompañar no significa olvidarte de ti.
Que sanar puede empezar con algo tan simple como respirar, hablar, o incluso llorar sin culpa.
En ZONA CERO CDMX creemos que la salud mental es un derecho, no un privilegio. Por eso, si tú o alguien cercano necesita hablar con alguien, hay espacios donde pueden acompañarte sin juzgar, sin etiquetas.
No basta con sobrevivir individualmente en sistemas que nos enferman colectivamente..
Gracias por estar. Gracias por quedarte.
Aunque sea con dudas, aunque sea con miedo.