De la clandestinidad a la visibilidad. La Marcha del Orgullo LGBT+ de la CDMX

Primera marcha LGBT de la CDMX

¿Por qué marchamos? Porque existimos y no vamos a pedir permiso

Cultura que resiste: cuando existir era delito

Cada año, miles de personas caminan del Ángel al Zócalo en la CDMX bajo una consigna que trasciende lo festivo: existir sin miedo. La Marcha del Orgullo LGBT+ CDMX no es un desfile ornamental ni una tendencia cultural pasajera. Es una manifestación política con memoria histórica, una plataforma de exigencia de derechos y un acto colectivo de visibilidad.

Reducirla a una “fiesta arcoíris” es ignorar su raíz: resistencia frente a la exclusión, la patologización y la violencia sistemática.

Antes de los escenarios con luces, antes de las carrozas patrocinadas, hubo clandestinidad.

En los años 70 y 80, salir del clóset implicaba perder empleo, familia o integridad física.
La policía realizaba redadas en bares, los medios ridiculizaban y la medicina patologizaba.

La Marcha del Orgullo en la Ciudad de México nació en ese contexto.
No como desfile, sino como acto de desafío.
Caminar por Reforma era decir: no vamos a escondernos más.

La visibilidad fue una estrategia política.

El cuerpo se convirtió en mensaje.
La calle, en tribuna.
La cultura, en arma simbólica

Y esa lógica sigue vigente: cada pluma, cada bandera, cada consigna no es adorno; es memoria.

Memoria: por qué la marcha existe

La primera movilización LGBT+ en México ocurrió en 1979, en un contexto donde la diversidad sexual aún era criminalizada socialmente y estigmatizada institucionalmente. La marcha surge como respuesta directa a un entorno hostil: redadas policiales, despidos, violencia familiar y ausencia de reconocimiento jurídico.

Hoy, aunque el matrimonio igualitario es una realidad en todo el país y existen mecanismos legales de reconocimiento de identidad de género, esos avances no aparecieron por concesión espontánea del Estado. Fueron resultado de litigio estratégico, presión social y movilización constante.

Instituciones como la Suprema Corte de Justicia de la Nación han emitido criterios fundamentales en materia de igualdad y no discriminación. A nivel regional, la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha establecido precedentes sobre identidad de género y protección contra la violencia basada en orientación sexual.

Pero los derechos en papel no eliminan automáticamente la violencia estructural.

Realidad: lo que dicen los datos

La narrativa de que “ya todo está ganado” se contradice con evidencia empírica.

De acuerdo con estudios del INEGI (ENDISEG 2021), millones de personas en México se identifican como parte de la diversidad sexual y de género. Sin embargo, los niveles de discriminación siguen siendo elevados.

La CONAPRED ha documentado prácticas discriminatorias persistentes en empleo, educación y acceso a servicios de salud. Por su parte, la CNDH ha señalado la existencia de violencia y crímenes de odio motivados por orientación sexual o identidad de género.

  • Avance jurídico progresivo.
  • Persistencia de violencia social.
  • Reconocimiento formal vs. exclusión cotidiana.

La marcha, entonces, no celebra un punto de llegada; marca que el trayecto aún no termina.

Cultura: el cuerpo como acto político

La dimensión cultural de la marcha es profundamente política.
El performance drag, los cuerpos visibles, los carteles intervenidos y la apropiación del espacio público constituyen un lenguaje simbólico de resistencia.

En términos teóricos:

  • Judith Butler plantea que el género es performativo: se construye mediante actos repetidos. La marcha rompe esa repetición normativa.
  • Michel Foucault analizó cómo el poder regula los cuerpos. La ocupación masiva del espacio público subvierte esa regulación.
  • En México, pensadoras como Marta Lamas han insistido en entender el género como categoría social y política, no biológica ni inmutable.

La marcha transforma la ciudad en escenario.
Paseo de la Reforma deja de ser tránsito; se convierte en declaración colectiva.
La visibilidad deja de ser vulnerabilidad y se convierte en afirmación.

Juventud y salud mental: el ángulo menos visible

Uno de los puntos más delicados es la salud mental en juventudes LGBT+.
Diversos estudios nacionales muestran mayores índices de ansiedad, depresión y pensamientos suicidas asociados a entornos de rechazo familiar o escolar.

Aquí la marcha cumple una función que trasciende lo simbólico: produce comunidad.
La pertenencia reduce el aislamiento. Ver miles de personas compartiendo identidad o apoyo genera un efecto psicológico poderoso: normaliza la existencia.

La cultura, en este sentido, también salva vidas.

Imagen de encabezado Zona Cero

Orgullo y mercado: tensiones inevitables

Con el crecimiento del evento, también ha aumentado la participación corporativa.
Estas empresas que antes guardaban silencio ahora pintan sus logos de arcoíris en junio.
Esto abre una tensión compleja que genera debates legítimos.

¿Es apoyo real o pinkwashing? el apoyo corporativo puede:

  • Generar recursos.
  • Amplificar mensajes.
  • Normalizar la diversidad.

Pero también puede:

  • Vaciar el contenido político.
  • Convertir la lucha en estética.
  • Despolitizar la memoria.

La pregunta no es si el mercado debe estar o no. La pregunta es: ¿quién controla la narrativa?

Si la marcha se vuelve solo un festival patrocinado, pierde su raíz contestataria. Si mantiene memoria histórica y exigencia política, el mercado no la absorbe: la acompaña.

La cultura que resiste no se vende. Se adapta sin diluirse.

Cultura que incomoda: por qué molesta la visibilidad

La visibilidad no es neutral. Redistribuye poder simbólico.

La Marcha del Orgullo LGBT+ genera apoyo masivo, pero también rechazo en sectores conservadores. Esa incomodidad social es evidencia de que la disputa cultural continúa existiendo.

Cuando un grupo históricamente marginado ocupa el espacio público, se redistribuye simbólicamente el poder. No es solo caminar: es reclamar ciudadanía plena.

Y la ciudadanía no se concede; se ejerce

También somos ciudadanía. También somos cultura. También somos México.

Eso incomoda a quienes creen que la norma es única.
El rechazo revela que la igualdad no es completamente aceptada.
La visibilidad rompe la ilusión de que la diversidad es “minoritaria”.
La visibilidad demuestra que siempre estuvimos ahí.

ZONA CERO CDMX

La Marcha del Orgullo LGBT+ CDMX no es un evento aislado en el calendario.
Es el resultado visible de décadas de lucha social respaldada por resoluciones judiciales, investigaciones académicas y datos institucionales.

  • Casos de violencia por identidad de género.
  • Discriminación laboral.
  • Exclusión familiar.
  • Brechas en acceso a salud y educación.

La marcha seguirá siendo pertinente.

  • No es únicamente orgullo.
  • Es memoria histórica.
  • Es exigencia jurídica.
  • Es manifestación cultural.
  • Es comunidad.

Es cultura que resiste.

Este contenido existe para comprender, no para juzgar. Comprender también es una forma de cuidado colectivo.